Era inevitable. Cuando escuchaba a los demás, su mente se reducía a los infiernos que se habían tejido entre líneas; la unión estaba hecha entre ellos. Y sabía a la perfección que no había vuelta atrás. Los saunas interiores que causaban un efecto explosivo entre sofocación y placer de cada personaje daban volteretas alrededor de ella, estaba en el sillón intentando no irse lejos en el universo que tenía en la cabeza pero el motor de la nave espacial comenzaba a crear el barullo del que tanto escapaba: ¿Hasta qué punto puede consumirte el vórtice ajeno? Temía, y su pierna acelerada la delataba. Impulsos nerviosos, impulsos cerebrales. Ella tenía ciertos puntos que descuartizaba lentamente en su mente. La duda pese a mostrarse profunda, tenía ciertos rasgos de superficialidad que se intentaban aclarar a la fuerza para sentirse segura. Pero, ¡Era imposible! Ella veía que en cada punto de su vida se acobardaba y huía por un egoísmo innecesario, siempre corría de las manos que le ofrecían ayuda, cariño. Y ahora estaba corriendo de un paso que podía guiarla a la inestabilidad que tanto amaba. Se sentía atrapada por las confusiones de las funciones que se presentaban en esos mismos momentos a sus pupilas, no era fácil aceptar el repentino cambio de las posibilidades. Tener la posibilidad de ir a un Manantial, es completamente fuerte y repulsivo a tener la opción de aceptar un Infierno.
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Ella estaba sentada observando las cien mil caras que pasaban como constelaciones fugaces. Ella creía que bailaba con las estrellas y los planetas, mirando desde la ventana de una nave espacial que se reducía a la simplicidad de la significación de una cosa: una vibra atrapada de él en un trozo de tela. La complejidad de la esencia impregnada en algo tan simple como un abrigo hacía comprender el poder de las sensaciones y el porque el ser humano deseaba tanto el sentir. No era una explicación de Nietzsche o de Schopenhauer lo que la tenía así. La respuesta era más simple que el lenguaje mismo, al mover sus pies cortos mezclado con el aroma de la persona que se asomaba a su nariz, como si fuese humo de cigarrillo pero el caso era al contrario: era el aroma de los recuerdos del presente.
Sentada en la plaza, hundía sus manos en los bolsillos y se lo guardaba para ella.
Era la única que podía comprender la complicidad intima con ese lenguaje tan propio, y cómo la misma prenda le decía:
"Amor".
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